Victoria–Zaragoza: una ruta estratégica atrapada en la negligencia vial

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Por.- Alberto Dávila

 

Llamarla “la carretera de la muerte” no es un recurso sensacionalista; es una descripción basada en hechos. Trece personas han perdido la vida en menos de un mes sobre la carretera federal Victoria–Zaragoza, convirtiéndola en el tramo más peligroso de Tamaulipas al inicio de 2026. No se trata de una racha desafortunada ni de coincidencias trágicas, sino del resultado de años de omisiones, decisiones a medias y una prevención vial que simplemente no alcanza.

 

Entre el 2 y el 28 de enero, los accidentes se sucedieron con una frecuencia alarmante. En su mayoría fueron choques frontales, el tipo de impacto más letal en carreteras de dos carriles. Cada percance dejó tras de sí pérdidas humanas, vehículos reducidos a chatarra y largas interrupciones a la circulación, afectando no solo a quienes viajaban por la zona, sino también a la actividad económica que depende de esta vía.

 

Esta carretera no es una ruta secundaria ni una opción alterna. Es un paso obligado para viajeros y transportistas que se desplazan desde Monterrey hacia el sur de Tamaulipas, y viceversa. Por ella circulan diariamente tráileres, camiones de carga pesada, autobuses y vehículos particulares, todos compartiendo un espacio que claramente ya no responde a las condiciones actuales de tránsito.

 

Las autoridades de Seguridad Pública y Protección Civil han sido claras al enumerar las causas: exceso de velocidad, cansancio de los conductores e invasión de carril. Nadie puede negar que estos factores influyen de manera directa en los accidentes. Sin embargo, culpar únicamente al conductor es una salida fácil y, en muchos casos, conveniente para evitar revisar responsabilidades más profundas.

 

Porque si el exceso de velocidad es un problema recurrente, ¿dónde están los operativos permanentes de control? Si el cansancio provoca accidentes mortales, ¿por qué no existen restricciones reales de horarios para el transporte pesado o zonas seguras de descanso vigiladas? Y si la invasión de carril es una constante, ¿por qué no se ha reforzado la señalización, delimitación y supervisión en los tramos más peligrosos?

 

La carretera Victoria–Zaragoza es una ruta estratégica, pero opera como si no lo fuera. Tramos angostos, zonas de rebase extremadamente riesgosas y una vigilancia que aparece de manera intermitente conforman un escenario perfecto para la tragedia. La presencia de la Guardia Nacional División Caminos y de la Guardia Estatal es visible solo después de los accidentes, cuando ya hay víctimas que lamentar. La prevención sigue siendo reactiva, no preventiva.

 

Cada nuevo choque vuelve a abrir el debate por unos días, genera indignación momentánea y después cae en el olvido, hasta que ocurre el siguiente. Ese ciclo es el verdadero problema. La normalización de la muerte en carretera habla de una sociedad y de autoridades que se han acostumbrado a convivir con el riesgo sin enfrentarlo de raíz.

 

No se trata únicamente de más patrullas o retenes ocasionales. Se requiere una estrategia integral de seguridad vial que incluya control estricto de velocidad, vigilancia continua, regulación efectiva del transporte de carga, inversión en infraestructura y campañas permanentes de concientización. Todo lo demás son paliativos que no detienen la estadística.

 

Cada cifra representa una vida, una familia rota y una historia que no debió terminar así. Trece muertos en menos de un mes no pueden interpretarse como un daño colateral del desarrollo o del flujo comercial. Es una alerta roja, una señal clara de que algo no está funcionando y de que la inacción también mata.

 

La carretera Victoria–Zaragoza ya cargó con un nombre que nadie debería aceptar como parte del paisaje: la carretera de la muerte. Mantenerla así no es una fatalidad inevitable, es una decisión por omisión. Y mientras no se asuma con seriedad, firmeza y responsabilidad, seguirá cobrando vidas, kilómetro tras kilómetro, en silencio y con la indiferencia como cómplice.

 

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