Rocha Moya y 9 funcionarios más en la grilla internacional. ¿Habrá cooperación del Gobierno Federal? 

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Por Jaume Osante

 

 

Bien, pues hay días en que la política deja de parecer juego de ajedrez… y se parece más a una mesa donde todos piensan que alguien está jugando con cartas escondidas. Lo que hoy vuelve a poner a Sinaloa en el centro de la conversación es el caso de Rocha Moya y 9 funcionarios más del mismo estado pedidos por extradición para «el otro lado».

 

Estados Unidos ya dio un paso formal, señalando a figuras políticas y de seguridad del estado. Del otro lado, la presidenta Claudia Sheinbaum respondió como tenía que hacerlo: sin pruebas claras, no puede haber ni persecución automática ni rendición de soberanía. Traducido: esto no es un chisme cualquiera, es presión real… ¿Cómo le fue a García Luna?

 

Y aquí conviene detenerse tantito.

 

Nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Así de sencillo. Ese principio no se negocia, y menos cuando el tema entra al terreno político, donde la tentación de adelantar juicios siempre está ahí. Incluso el propio sistema de extradición de Estados Unidos lo deja claro: una solicitud abre la puerta, pero no sustituye el proceso. No es sentencia, no es condena. ¿estamos?.

 

Por eso hay que mirar esto con calma, sin caer en extremos.

 

Aquí todo apuntan a que la acusación toca directamente al gobernador Rubén Rocha Moya y a otros 9 funcionarios, vinculándolos con el Cártel de Sinaloa. Desde México, la postura es distinta: sin pruebas contundentes, el señalamiento se percibe más político que judicial. Rocha, por supuesto, negó todo.

 

Hasta ahí, lo esperable.

 

Pero tampoco se trata de fingir que del otro lado todo es espectáculo. Pensar que el aparato de seguridad estadounidense actúa solo para “presionar” sin ningún sustento sería caer en otra ingenuidad. Recordemos que recientemente se Han detenido y extraditado a muchas figuras del narcotráfico del mismo estado.

 

Ahí está el contexto.

 

Washington ya etiquetó a ciertos cárteles como organizaciones terroristas extranjeras, y en la lógica de Donald Trump, el fentanilo dejó de ser solo un problema de salud para convertirse en asunto de seguridad nacional. Y cuando ese discurso se mezcla con política interna… el tono cambia, y se endurece.

 

No es nuevo. Esto data desde Richard Nixon.

 

Estados Unidos ya ha empujado fuerte antes. Ahí está el caso de Joaquín «El Chapo» Guzmán, extraditado en 2017. O el de Genaro García Luna, juzgado y condenado en Nueva York. Incluso el expediente de Enrique «Kiki» Camarena sigue vigente en la memoria institucional de la DEA.

 

Es decir, cuando Estados Unidos decide avanzar… no suele hacerlo a medias. Tenemos el caso de Nicolás Maduro por mencionar alguno.

 

Por eso creo que el fondo del asunto va más allá de lo legal. Es político, sí, pero también geopolítico. Porque no siempre las pruebas se ponen sobre la mesa desde el inicio, es la forma de trabajar de los fiscales y del departamento de justicia siempre lo ha sido así. A veces se actúa primero, y se negocia al final.

 

Y ahí México tiene que pararse firme y dar una respuesta que sigue en el aire.

 

No se puede cerrar los ojos ante posibles actos de corrupción, ni abrir la puerta a que cualquier narrativa externa sustituya a la justicia. Ese es el punto delicado: evitar que la exigencia legítima se convierta en linchamiento con traje diplomático.

 

En el caso de Rocha, su negación era previsible. Ningún político acepta algo así, y menos cuando su permanencia pública está en juego. Pero el problema de fondo no es solo lo que diga él… sino lo que deja en el aire.

 

LA DUDA

 

Y cuando la duda se instala en el poder, quien termina pagando es el ciudadano. En desconfianza, en desgaste, en esa sensación de que algo no termina de cuadrar.

 

Por eso este momento exige algo más que discursos.

 

Si Estados Unidos tiene pruebas, que las sostenga donde corresponde. Si México puede desmontar la acusación, que lo haga con la misma claridad. Y si alguien cruzó la línea entre el servicio público y el crimen, entonces que enfrente consecuencias. Eso ya lo ha dejado Claro en las narrativas la presidenta Claudia Sheinbaum.

 

Porque la soberanía no se defiende solo hablando de ella. Se defiende con instituciones que no se rajen… ni ante el narco ni ante la presión externa. ( cosa que es muy difícil actualmente).

 

Ahora México, tiene el balón en su cancha. ¿Qué pasará?

 

Porque callar también es decidir… ahí se los dejo, para pensarlo con calma o con coraje.