Dos abuelos en EE.UU., acusados de armar a cárteles mexicanos: ¿qué hay detrás?
*Ni es novedad, ni es sorpresa… lo grave es que apenas lo estamos “descubriendo”
Por Jaume Osante.
Te lo digo como alguien que ya vio pasar varios sexenios, discursos reciclados y promesas que envejecen mal: lo de Arizona no es el inicio de nada… es apenas el reconocimiento tardío de algo que siempre estuvo ahí.
Dos nombres hoy ocupan titulares: Laurence Gray y Barrett Weinberger. Dos adultos mayores, tranquilos en apariencia, convertidos en pieza clave de una cadena que termina en balaceras en colonias mexicanas. No es película, es expediente judicial. Y sí, es relevante que Estados Unidos los esté procesando por intentar armar al CJNG y al Cártel de Sinaloa .
Pero si uno rasca tantito, se da cuenta de que esto no empezó ayer.
Hace apenas unos años, en 2023, una red en Carolina del Norte —con nombres como Cortney Highsmith, Luis Martínez y Gilberto Hernández— fue desmantelada por traficar armas hacia México. Fusiles tipo AK-47, compras simuladas, rutas bien armadas. Nada improvisado .
Y antes de eso, casos como el de Jesús Barrón, condenado por enviar armamento al CJNG, dejaron claro que el negocio no distingue nacionalidades, solo oportunidades .
Entonces, cuando hoy se presenta esto como un “parteaguas”, uno no puede evitar levantar la ceja.
Porque el patrón es el mismo.
Lo único que cambia es el nombre del acusado.
Ahora, en el plano político, la reacción en México también tiene su lectura. La presidenta Claudia Sheinbaum celebró el caso. Y claro que tiene sentido. Después del revés que significó que la Corte Suprema de Estados Unidos frenara la demanda mexicana contra fabricantes de armas en 2025 , cualquier grieta legal del otro lado se vuelve valiosa.
Pero aquí es donde entra la experiencia —y también la cautela.
Porque este tema no es nuevo para la política mexicana.
Ahí está Andrés Manuel López Obrador, que convirtió el tráfico de armas en bandera diplomática. Antes, gobiernos como el de Felipe Calderón lo padecieron en plena guerra contra el narco. Y más atrás, Enrique Peña Nieto también lo denunció, aunque con menor estridencia.
Todos lo sabían.
Todos lo dijeron.
Nadie lo resolvió.
Y es que el problema tiene dos caras incómodas.
Por un lado, Estados Unidos. Donde —como ya reconoció incluso la fiscalía de Arizona— hay un “enorme problema” de armas que terminan en manos de cárteles mexicanos . Un mercado legal que, en la práctica, alimenta un negocio ilegal. Una contradicción que ya no se sostiene ni en el discurso.
Pero del otro lado estamos nosotros.
Porque esas armas no caminan solas.
Cruzan porque hay rutas.
Llegan porque hay complicidades.
Se usan porque hay estructuras criminales que siguen operando.
Y ahí es donde el discurso mexicano se queda corto.
Porque sí, es cierto que hasta el 74% de las armas usadas por el crimen provienen de Estados Unidos . Pero también es cierto que el resto del problema —la impunidad, la corrupción, la captura territorial— es completamente nuestro.
Decirlo no es restar responsabilidad a Estados Unidos.
Es asumir la que nos toca.
Cuando un problema se explica demasiado fácil, generalmente está incompleto. Y aquí la tentación es culpar solo al vecino incómodo.
Pero la realidad es más dura.
Porque mientras allá venden, aquí se permite.
Mientras allá investigan, aquí muchas veces se tolera.
Mientras allá procesan a dos hombres, aquí seguimos contando víctimas.
Y eso es lo que debería incomodar de verdad.
No el escándalo del momento.
No los nombres en la nota.
Sino la repetición de la historia.
Porque hoy son Gray y Weinberger.
Ayer fueron Highsmith o Barrón.
Mañana serán otros.
Y si nada cambia de fondo, esto no será un precedente… será apenas otro capítulo más.
Uno más en un expediente que ya es demasiado largo.
Porque callar también es decidir… ahí se los dejo, para pensarlo con calma o con coraje.