Chapopote, silencio y sospechas: cuando el gobierno dice “no sabemos”, la verdad ya huele mal

IMG-20260324-WA0050

Por Jaume Osante

 

A ver, hay cosas que uno aprende a oler antes de que alguien las quiera explicar. No hablo solo del chapopote —ese olor pesado que se pega a la ropa—, sino de ese otro tufo más viejo: el de la opacidad.

 

Cuando la versión oficial empieza con un “no sabemos”, lo que viene detrás rara vez es claridad. Y este derrame en el Golfo de México no es la excepción.

 

No estamos frente a un incidente menor. Hay costa manchada, comunidades pesqueras golpeadas en su ingreso diario y un ecosistema que no tiene voz en las conferencias, pero sí paga las consecuencias. Y aun así, la respuesta institucional se ha quedado corta.

 

Que no se sabe el origen, dicen.

 

Con todo respeto, eso no se sostiene. La industria petrolera en este país tiene décadas operando, midiendo, rastreando. Sabe cómo se comporta un derrame, cómo se desplaza, de dónde viene.

 

Por eso, cuando se insiste en la incertidumbre, lo que se abre no es una duda… es una sospecha.

 

Y aquí las líneas dicen tres cosas posibles: o no hay capacidad para saber (lo cual sería grave), o no hubo voluntad para investigar a fondo (negligencia), o sí se sabe… pero no se quiere decir (inaceptable).

 

Ahí es donde el tema deja de ser técnico y se vuelve político.

 

Porque en cuanto aparece la palabra responsabilidad, aparece también el nombre de Pemex. No por capricho, sino por contexto. Es una empresa clave, sí, pero también una institución con antecedentes de fugas, mantenimiento deficiente y episodios que nunca terminan de aclararse del todo.

 

Aquí no se trata de culpar sin pruebas. Se trata de exigirlas.

 

Decir que “no hay evidencia” de responsabilidad no es lo mismo que demostrar que no la hay. Y en un país donde la transparencia suele llegar tarde, esa ambigüedad no tranquiliza.

 

Mientras tanto, en las playas, la historia es otra. Gente recogiendo chapopote con palas, con bolsas, con lo que hay. Brigadas que llegan cuando el daño ya está hecho. Comunidades organizándose como pueden.

 

Se limpia la superficie, se toma la foto, se emite el comunicado… y se deja pendiente lo más importante: saber qué pasó y quién responde.

 

Porque limpiar no es lo mismo que rendir cuentas.

 

Y ahí es donde el gobierno queda a deber. Gobernar no es solo reaccionar a la emergencia visible. Es prevenir, investigar y hablar claro. Es asumir costos cuando toca.

 

Hoy lo que hay es una narrativa incompleta. Preguntas que siguen en el aire: si la fuga continúa, si hay más riesgo para otras zonas, cuánto va a tardar la recuperación, quién va a responder por los daños.

 

Y la más incómoda de todas: quién fue.

 

Sin esa respuesta, todo lo demás suena a manejo de crisis, no a solución.

 

La gente puede entender un error, incluso uno grave. Lo que no perdona es que le mientan… o que la traten como si no entendiera.

 

Aquí no se necesita un discurso perfecto. Se necesita verdad.

 

Porque cuando desde el poder se dice “no sabemos”, lo que muchos escuchan es otra cosa: “no lo vamos a decir”.

 

Y así, otra vez, la ciudadanía queda en medio. Limpiando, pagando, esperando.

 

Porque callar también es decidir… ahí se los dejo, para pensarlo con calma o con coraje.