Periodista Acusado de terrorismo en Veracruz 

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Por Jaume Osante Turón.

 

Mire, platiquémoslo con calma, como se habla de las cosas que incomodan pero que no se pueden barrer debajo de la alfombra. El caso del periodista Rafael, detenido y acusado inicialmente de terrorismo en Coatzacoalcos, Veracruz, no es un asunto menor ni un simple error administrativo. Es un síntoma. Y cuando los síntomas aparecen, conviene poner atención antes de que la enfermedad avance.

 

Porque una cosa es investigar delitos reales y otra muy distinta es convertir el ejercicio periodístico en un indicio de criminalidad. Que un reportero llegue rápido a una escena violenta, que conozca las colonias (sí, las colonias) más calientes o que tenga fuentes en corporaciones de seguridad, no lo hace cómplice. Lo hace periodista. De esos que todavía salen a la calle, se ensucian los zapatos y hacen la chamba que muchos prefieren mirar desde el escritorio.

 

La acusación por terrorismo, hoy retirada por falta de pruebas, dejó una marca profunda. No solo en Rafael, sino en todo el gremio. Porque el mensaje fue claro y duro (demasiado duro): informar puede costarte la libertad. Aunque después el juez haya corregido el exceso, el daño ya estaba hecho. El susto, la advertencia implícita, la sombra de la criminalización.

 

Ahora quedan otros cargos en pie, eso es cierto, y será la autoridad judicial quien determine responsabilidades. Nadie está por encima de la ley. Pero también nadie debería ser aplastado por ella solo por ejercer un derecho fundamental. La justicia no se construye con expedientes inflados ni con figuras penales usadas como garrote.

 

Aquí hay algo que no debemos perder de vista: cuando se persigue al mensajero, el mensaje no desaparece; se distorsiona. Y la sociedad pierde. Pierde información, pierde contrapesos, pierde voces que incomodan pero que son necesarias para entender la realidad que vivimos.

 

Este caso debería servir para abrir una conversación seria sobre los límites del poder punitivo del Estado y la protección real al periodismo, no solo en discursos oficiales, sino en la práctica cotidiana. Porque hoy fue Rafael. Mañana puede ser cualquiera que decida contar lo que pasa sin maquillaje ni permiso.

 

Y al final, como ciudadanos, conviene preguntarnos algo muy sencillo pero profundo: ¿queremos un país donde informar sea un acto de valentía extrema o uno donde la verdad pueda contarse sin miedo?

 

Porque callar también es decidir… ahí se los dejo, para pensarlo con calma o con coraje.

 

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